Las inmensas y doradas dunas del Sahara. Como un océano de olas, embravecido y congelado.
Canon EOS 5D Mark II
Abertura f9.0
Velocidad 1/20
Objetivo Canon EF 16-35mm f/2.8 L USM
Longitud focal 40mm
Modo Manual Medición Evaluativo
ISO 100
Calidad RAW
Trípode
Las doradas, atractivas pero peligrosas, (si no se va acompañado del guia adecuado), dunas del Sahara: ése era uno de los objetivos de nuestro periplo por el sur de Marruecos. Contemplarlas al amanecer y al atardecer, con sus formas sinuosas, suaves impresionan al viajero que se adentra por estas desérticas tierras. No siempre es fácil acceder y menos aún de fotografiar: el viento y las tormentas de arena frecuentemente la hacen inaccesible, y la fina arena es un enemigo mortal para nuestras cámaras. Josep, Chavi y yo estuvimos a punto de perdernos su visión, pues las nubes, la lluvia y el viento nos acompañaron hasta las puertas del desierto. Sin embargo ante nuestra desesperanza Mahjoub nos convenció de que al atardecer era muy probable que el viento amainara. Y así fue. Con su Toyota Land Cruiser, en vez de camellos, nos condujo por en medio de la nada, como si se guiara por el instinto, pues no había camino, solo arena, hasta la base de las impresionantes montañas de fina arena, en constante movimiento y cambio de formas. Allí con nuestras mochilas a la espalda y con la cámara y el trípode trepamos como pudimos hasta la cima, de la que consideramos la mas alta, para poder contemplar el inmenso e impresionante panorama. A pesar de que el viento había amainado bastante, todavía su presencia levantaba rachas de arena. El problema era, además del riesgo para las cámaras, el que no podíamos limpiar las lentes in situ salvó al riesgo de rallarlas. Aunque el precavido de Chavi me dejó un pincel era muy difícil luchar contra los granitos de fina arena. Para colmo había adaptado a mi objetivo el Kit para los filtros LEE que pretendía extrenar para aquella ocasión. He tenido que descartar muchas de las fotos tomadas.
Desde que tenía 18 años me he sentido atraído por los viajes y travesías a lugares de difícil acceso, algunos lejanos y otros menos. He visitado numerosos Parques Nacionales, que sin ir más lejos, tenemos en nuestro país. He atravesado el océano Atlántico en un velero de 12 m, la inmensidad del océano con sus montañas de olas cambiantes es lo más parecido al desierto. He contemplado algunos hermosos paisajes del mundo, como las cataratas Victoria entre Zimbabue y Zambia, los bosques de lianas de Centroamérica, los frondosos paisajes de Mogotes en Cuba o las noches blancas en los fiordos islandeses. Sin embargo de todos estos lugares el desierto del Sahara despiertan mi una especial atracción. Es una tierra reseca, implacable y que nada sabe de facilidades. A pesar de ello, el ser humano la ha habitado desde hace milenios. Los senderos son apenas visibles pues el viento barre casi de inmediato las pisadas. A pesar de ello Mahjoub y sus ascendientes viven allí porque fue donde nacieron. Aceptan estrecheces y privaciones y muchos de ellos no conocen otra cosa. Lawrence escribió: “los usos de los beduinos eran duros hasta para los que habían crecido con ellos, y para los extraños terribles: una muerte en vida”. Sin embargo quien ha estado allí suele mantener en su fuero interno, el deseo más o menos fuerte, de volver. Estos lugares desérticos, al igual que los inmensos océanos tienen una magia especial difícil de igualar.
El desierto del Sahara forma parte de la vasta zona árida que corre diagonalmente a través de todo el globo terráqueo, desde el Atlántico hasta Manchúria. Es el mayor de los desiertos del mundo. De ahí su nombre de Gran Desierto con que también se le suele designar. Del Atlántico al mar Rojo, comprendiendo parte de Egipto y aún de la inmediata Arabia, que es como su prolongación, el Gran Desierto vendría a medir más de 11 millones de kilómetros cuadrados, siendo mayor que toda Europa; pero reducido a sus verdaderos límites, esto es excluyendo la península arábiga, aún ocupa 9.065.000 de kilómetros cuadrados, extendiéndose unos 5000 km de Este a Oeste y 1500 De Norte a Sur. Sus límites son: Al Norte, limita con el Sur del Magreb, con las montañas del Atlas; al Este con el mar rojo; al Sur con Sudán, el recodo del Niger y Senegal, y al Oeste con el Océano Atlántico. Es un enorme foco de producción de calor y de absorción de vapor de agua, el cual, disuelto en la caldeada atmósfera, rara vez llega a condensarse. No siempre fue así, pues en épocas geológicas anteriores la zona húmeda se extendía bastante más al sur que actualmente. De hecho, nosotros atravesamos el llamado lago Iriki, hoy una vasta planicie árida donde el vehículo puede alcanzar 140 km/h como si de una anchísima autopista se tratase. Se extiende por los siguientes países, antaño sin fronteras y que hoy son Argelia, Túnez, Marruecos, Sahara occidental, Mauritania, Mali, Níger, Libia, Chad, Egipto y Sudán. En las faldas del Atlas Marroquí (Alto Atlas), sólo hay vegetación unos metros más allá del curso de los pobres ríos. Sin embargo, ésta tiene un verdor intenso que contrasta con la arena circundante. Se considera que el desierto Líbico es la zona más árida del Sahara. La ausencia de humedad es casi absoluta y sólo existen unos pocos oasis. El terreno lo constituyen eriales arenosos y grandes dunas que pueden superar los 122 m de altura. Excepto en los oasis, el desierto está prácticamente desprovisto de vegetación, si exceptuamos algunos arbustos espinosos atrofiados que crecen en el Sahara Occidental. Se han creado oasis artificiales tras perforar pozos de agua a más de 1.000 m de profundidad. El árbol predominante de los oasis es la palmera datilera, junto con alguna variedad de acacia.
En algunas áreas del desierto viven gacelas y antílopes, así como chacales, zorros, tejones y hienas. En el desierto Líbico prácticamente no existe forma alguna de vida animal o vegetal.
Aunque hoy el Sahara nos pueda parecer una gran barrera, no ha sido así a lo largo de la historia. El comercio transahariano empezó en el año 1000 a.C., cuando se atravesaba con bueyes, carros y carretas. Cartago dio nuevos impulsos al comercio en el siglo III a.C., y Roma introdujo el camello tres siglos más tarde. A partir del siglo VIII, coincidiendo con el apogeo del poder árabe, el comercio sahariano alcanzó gran importancia y llegó a su máxima expansión entre los siglos XIII y XVI; numerosas rutas cruzaban el desierto y unían los reinos africanos medievales y los imperios de Ghana, Songay, Kanem-Bornu y Hausa con los puertos del norte de África. Los principales productos comerciales eran el oro y los esclavos hacia el norte, y la sal (de las minas del Sahara), las conchas de cauri (la principal unidad monetaria) y las armas hacia el sur. Éstos constituían mercancías imprescindibles para los Estados, pero las caravanas también transportaban artículos de lujo: vestidos caros, pimienta, marfil, nuez moscada, artículos de cuero y, en el siglo XIX, plumas de avestruz. Se dirigían hacia el norte con destino a Europa. La marroquinería es original del norte de Nigeria, pero adoptó este nombre porque era exportada a todo el mundo a través de puertos marroquíes. Manufacturas de cobre, cuentas y otros artículos de ‘moda’ se dirigían hacia el sur. La llegada de los europeos a la costa oeste de África redujo el comercio del Sahara, aunque no desapareció del todo hasta bien entrado el siglo XIX.
Las dunas se forman por la influencia del viento, que arrastra consigo las partes más finas de las rocas destruidas por la insolación y las arremolina en ondas de una de hasta 100 m; a veces avanzan lentamente en varias direcciones y dejan sepultados oasis y edificios enteros.
Allí, a unos 20 km de Mhamid, prácticamente en la frontera entre Maruecos y Argelia pasamos entre dunas un atardecer ventoso que nos dejó serias dudas sobre si nuestras cámaras fotográficas seguirían funcionando. Tanto las Canon de Josep y mía como la Nikon de Chavi pasaron la prueba y demostraron que podían resistir a la finísima arena del desierto.












