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Cámara Canon EOS-5D Mark II
Abertura f3.5
Velocidad 1/25sg
Objetivo Canon EF 16-35/2,8 L IS USM.
Longitud focal 35mm
Modo Manual
Medición Evaluativo
ISO 100
Calidad RAW
Panorámicade 3 toma. Aplicación PTGui pro
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Hay momentos a lo largo de nuestra existencia que se nos quedan grabados y se quedan ahí casi de forma permanente como si el tiempo no pasara. Aquella vez que abrazaste por primera vez a tu primera novia, cuando vistes recién nacido a tu primer hijo,…
Este es para mí uno de esos momentos. Habíamos subido aquella nuestra primera mañana a lo alto del cerro por donde se desparrama la antiquísima y misteriosa ciudad de Ait Ben Haddou. El hecho de que fueran las primeras horas de aquel amanecer nublado, todo en silencio y solitario, imprimía cierta sensación de encantamiento, que Mahjoub con su vestimenta medieval de arabe beduino resaltaba aún más. Mahjoub era el mago que nos transportaba a otro mundo, casi a otra época, como si casi durante siglos hubiera preservado un pasado, guardado y atesorado para que nosotros pudiéramos verlo y tocarlo. Desde la plataforma elevada del Torreón que preside la fortaleza contemplábamos la Kasbah, el río a sus pies como un anillo rodeándola y un frondoso verdor que contrastaba con los distintos tonos de marrónes que componen la mayoría de la visión que teníamos delante nuestra. Y al mismo tiempo nos sorprendía el Atlas nevado a nuestra espalda. En aquellos silencios, que aparecían con excesiva frecuencia, la figura de Mahjoub se hacía omnipresente con el altivo orgullo de un árabe beduino.
Como más tarde me narró, él pertenecía a un pueblo nómada proveniente de la península arábiga, que por regla general algunos de ellos consideran conquistadores y civilizadores de los primitivos habitantes del Magreb: los bereberes, o aborígenes de estas tierras que pisamos.
Sin embargo los bereberes constituyen el poblamiento más antiguo del Magreb. A lo largo de los siglos, las poblaciones indígenas sufrieron sucesivas colonizaciones: los púnicos (del siglo XI a. C. hasta el 146 a.C., año en que Cartago fue destruida); luego romanos (desde el 146 a.C. hasta la llegada de los musulmanes en el 647), con posible presencia de vándalos (s.V) y bizantinos (s.VI).
Los bereberes recibieron múltiples influencias culturales y civilizadoras al entrar en contacto con ellos, fundamentalmente de los árabes nómadas, los antepasados de Mahjoub.
En el largo y terrible duelo entre Cartago y Roma (las guerras púnicas) los reyes bereberes oscilaron de una a otra potencia, luchando por no ser absorbidos.
La romanización fue intensa en ciertas zonas como las costas mediterránea (Rusaddir, Tamuda, Ceuta) y atlántica, entre Tánger y Sala (Rabat-Salé), ciertos valles productivos agrícolamente: Lukos (Lixus),Martil (Tamuda) y Sebú (Banasa), y, sobre todo, la región del Zerhun (Volúbilis). Las montañas y las mesetas se resistirán a la penetración de los modos de hacer romanos y servirán de refugio a las tribus hostiles bereberes (Rif, Atlas, Yebala). Existían dos grandes grupos sociales: el urbano, formado por ciudadanos romanos y esclavos, y el rural, compuesto por esclavos y por bereberes.
Podríamos decir que en este período existen en Marruecos tres zonas diferenciadas:
el desierto, donde se han refugiado las tribus bereberes nómadas frente a los conquistadores.
el Marruecos medio, donde aparecen principados bereberes, moros, que aunque fragmentados y divididos, van recuperando pacientemente el territorio; reconocen la soberanía teórica del Imperio Romano y sus sucesores, pero están en permanente insurrección. El más importante está en torno a Volúbilis.
El Marruecos conquistado, romanizado, al Norte.
LA CONQUISTA de los arabes musulmanes en el 647, se conoce aún muy mal cómo se realizó. Fué todo un cambio cultural y religioso, que afectó a todos los aspectos de la vida del territorio, y que se ha dado en llamar “islamización”. Este término conlleva tanto el hecho de la conquista militar como el del proceso religioso y cultural, que llevó a la conversión de los habitantes del Magreb al islamismo. Tanto uno como otro de estos dos aspectos, no fue nada fácil ni tan rápido como en otros lugares.
La primera característica de la conquista militar será su lentitud y dificultad para llevarlo a cabo frente a la resistencia bereber.
Desde la llegada de los primeros grupos armados árabes hasta la integración del Magreb en el Imperio Árabe pasarán cerca de cincuenta años. Pero incluso después las dificultades continúan: revueltas y enfrentamientos, ya dentro de una misma religión, la musulmana, pero con problemas y conflictos de raíz social y económica entre los conquistadores y la población autóctona bereber. La conquista, por tanto, no resultó fácil; los árabes encuentran un territorio dividido: tribus, federaciones de tribus, pequeños reinos.
La unidad territorial de la época romana ha desaparecido; la unidad religiosa también: en los campos, la población es pagana, subsistiendo el cristianismo en las ciudades. Esta falta de unidad impide una incorporación rápida al mundo islámico: será necesario reducir tribu por tribu, además de acabar con la resistencia de los residuos del Imperio Bizantino.
Tras aislar a los bereberes de los bizantinos y llevar a cabo una inteligente política de atracción de algunas tribus, consiguen incorporar al mundo árabe en primer lugar a los habitantes de las ciudades, que ven en los ejércitos de árabes una garantía de estabilidad para sus ocupaciones, el comercio y la artesanía. Además, los árabes no exigirán impuestos más gravosos que los romanos o los bizantinos; esto será decisivo.
El procedimiento de los árabes, bajo la dirección de un tal Musa, para definitivamente controlar y convertir a los bereberes es duro y expeditivo: saqueos, castigos ejemplares a las tribus más rebeldes, exigencia de rehenes, hijos de los familiares más notables. Estos jóvenes serán educados en el Islam, y una vez devueltos a su tribu, servirán de vehículo de transmisión del nuevo credo religioso. En segundo lugar, las tribus bereberes serán enroladas en el ejército, canalizando de este modo su belicosidad. La rápida conquista de España - principios del siglo VIII - facilitará esta integración, a la vez militar, religiosa y política.
Y…., tras rememorar todo ello, cuya lectura había llevado a cabo la noche anterior, fijé mi vista de nuevo en un descendiente de los conquistadores árabes, que se encontraba sentado junto al torreón la de la Kasbah de Ait Ben Haddou, nuestro amable guía beduino y “mago” que nos trasladaba, como por un embrujo, a otra época.

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